Hace poco fue el día de la “libertad de prensa”, por eso hoy toca entrada corporativista, pero no os vayáis aún, va dirigida especialmente a los que no conocéis de cerca esta profesión. Si no tenéis amigos/pareja/familiares periodistas, si nunca os habéis parado a pensar cómo debe ser trabajar en un medio de comunicación, puede que tengáis una imagen un poco romántica de este oficio, como si la del periodista fuera una vida a medio camino entre lo bohemio y lo urgente, con la emoción de las exclusivas, del “paren las rotativas”, llena de preguntas incisivas, de hombres y mujeres indomables con un teclado bajo los dedos, fustigando con su opinión innegociable a la clase política y las injusticias sociales.
Puede que el 1% de los periodistas tengan un 1% de momentos de esos a lo largo del mes. Por lo general, el periodismo hoy día consiste en ir a ruedas de prensa, reproducir lo que allí se dice en una información de 800 palabras redactada y titulada según el sesgo ideológico de tu medio, editar teletipos de agencia por la tarde para que encajen en la maqueta que han preparado los del departamento de diseño/diagramación, buscar algo de documentación (no mucha, lo imprescindible) para no meter la pata, y sacar tiempo de debajo de las piedras para preparar reportajes y entrevistas para rellenar páginas/minutos de informativo los fines de semana. Eso si trabajas en un medio, si trabajas en un gabinete de prensa el tema no cambia mucho, sólo que lo que redactas, en lugar de encajarlo en una maqueta, tienes que enviarlo a los medios (lo del sesgo de la información prácticamente no cambia), y luego tienes que vender tu producto: es decir, darle la lata a los compis para que “traten bien” tu nota de prensa, concertar entrevistas, colocar reportajes…
Como podéis ver, el trabajo de un periodista es un trabajo de oficina como otro cualquiera. Rutinario la mayoría de los días, de escasa creatividad (aparte de la necesaria para solventar los muchos marrones que se te presentan). Cosas molonas como escribir artículos de opinión es el privilegio de una inmensa minoría de la profesión, y lo del periodismo de investigación una utopía prácticamente inexistente a día de hoy: demasiado caro e infructuoso. Bueno, me diréis que tampoco es para quejarse mucho ¿no? No, si no fuera porque el periodismo es una de la profesiones con peores condiciones laborales de este país (lo que ya es decir). La gente suele comentarte “es que en el periodismo hay mucho intrusismo”, creédme: el intrusismo es el menor de los problemas. Horarios demenciales, donde no es extraño llegar a casa a las 11 de la noche o más tarde; sueldos que oscilan entre los 600 euros (fue mi primera paga como redactor) y los 1.200 (pocos conozco que ganen eso); librar un día a la semana, que bien puede ser un martes, un jueves o un sábado, según las necesidades de la redacción; contratos de autónomo para que la empresa se ahorre pagar la cotización de un contrato laboral… a lo que hay que sumar una precariedad asfixiante que ha sido santo y seña de la profesión durante décadas, pero que en esta crisis se ha convertido en una amenaza diaria.
Hay opiniones para todos los gustos sobre las razones de que el panorama del periodismo español sea tan desolador. Periodistas veteranos me decían en su momento que el origen de esta situación se remonta a la Transición: cuando la mayoría de los trabajadores se afiliaban a un sindicato y pactaban convenios desde una posición de fuerza, en el periodismo español, por un sentido de la independencia ideológica mal entendido, apenas hubo afiliación sindical, lo que hizo que en la profesión no se sentaran las bases de un convenio laboral que garantizara cierto bienestar dentro del sector. Si durante los últimos años las condiciones laborales en la mayoría de los campos se han visto mermadas respecto a las que disfrutaron nuestros padres, imaginaos una profesión en la que ni siquiera el punto de partida era bueno.
Independientemente de que esa pudiera ser una de las razones de origen, creo que el periodismo sufre situaciones especialmente perversas, como la enorme diferencia salarial entre los periodistas estrellas, que ganan auténticas millonadas, y el resto de su equipo, que subsiste con sueldos mileuristas. También es cierto que hay muchos medios de comunicación que son auténticos zombis mantenidos con vida artificialmente en base a intereses políticos, porque no generan beneficios como para sostenerse por sí solos. Lo hemos visto con Público y lo estamos viendo con Intereconomía, dos casos a nivel nacional pero que son muchísimos más si bajamos a nivel regional y provincial. Pero no nos engañemos, incluso en medios claramente rentables, que se dan golpes de pecho por sus excelentes cifras en cada oleada del EGM, las condiciones laborales de los que trabajan en ellos son paupérrimas comparadas con las de profesionales liberales de otros campos con similar cualificación y experiencia.
Y lo que os voy a decir ahora quizás suene a tópico, pero España está llena de excelentes periodistas, profesionales que se han formado y han empezado a trabajar con auténtica pasión, pero a la que las nefastas condiciones laborales, los salarios irrisorios o la imposibilidad de conciliar su vida laboral con la personal les está comiendo la vocación poco a poco. La calidad de una democracia también se mide por la situación de la profesión que mejor representa la libertad de expresión y el derecho a la información, lo que debería llevarnos a pensar, cuando nos quejamos de la calidad de la prensa española, que quizás tenemos el periodismo que nos merecemos.





