Acerca de David

David lee cómics desde que tiene uso de razón y, aunque lo han intentado con agresivas terapias de todo tipo, no han conseguido que deje este mal hábito. Familiares y amigos lo dan como caso perdido.

Tenemos el periodismo que nos merecemos

Hace poco fue el día de la “libertad de prensa”, por eso hoy toca entrada corporativista, pero no os vayáis aún, va dirigida especialmente a los que no conocéis de cerca esta profesión. Si no tenéis amigos/pareja/familiares periodistas, si nunca os habéis parado a pensar cómo debe ser trabajar en un medio de comunicación, puede que tengáis una imagen un poco romántica de este oficio, como si la del periodista fuera una vida a medio camino entre lo bohemio y lo urgente, con la emoción de las exclusivas, del “paren las rotativas”, llena de preguntas incisivas, de hombres y mujeres indomables con un teclado bajo los dedos, fustigando con su opinión innegociable a la clase política y las injusticias sociales.

Puede que el 1% de los periodistas tengan un 1% de momentos de esos a lo largo del mes. Por lo general, el periodismo hoy día consiste en ir a ruedas de prensa, reproducir lo que allí se dice en una información de 800 palabras redactada y titulada según el sesgo ideológico de tu medio, editar teletipos de agencia por la tarde para que encajen en la maqueta que han preparado los del departamento de diseño/diagramación, buscar algo de documentación (no mucha, lo imprescindible) para no meter la pata, y sacar tiempo de debajo de las piedras para preparar reportajes y entrevistas para rellenar páginas/minutos de informativo los fines de semana. Eso si trabajas en un medio, si trabajas en un gabinete de prensa el tema no cambia mucho, sólo que lo que redactas, en lugar de encajarlo en una maqueta, tienes que enviarlo a los medios (lo del sesgo de la información prácticamente no cambia), y luego tienes que vender tu producto: es decir, darle la lata a los compis para que “traten bien” tu nota de prensa, concertar entrevistas, colocar reportajes…

Como podéis ver, el trabajo de un periodista es un trabajo de oficina como otro cualquiera. Rutinario la mayoría de los días, de escasa creatividad (aparte de la necesaria para solventar los muchos marrones que se te presentan). Cosas molonas como escribir artículos de opinión es el privilegio de una inmensa minoría de la profesión, y lo del periodismo de investigación una utopía prácticamente inexistente a día de hoy: demasiado caro e infructuoso. Bueno, me diréis que tampoco es para quejarse mucho ¿no? No, si no fuera porque el periodismo es una de la profesiones con peores condiciones laborales de este país (lo que ya es decir). La gente suele comentarte “es que en el periodismo hay mucho intrusismo”, creédme: el intrusismo es el menor de los problemas. Horarios demenciales, donde no es extraño llegar a casa a las 11 de la noche o más tarde; sueldos que oscilan entre los 600 euros (fue mi primera paga como redactor) y los 1.200 (pocos conozco que ganen eso); librar un día a la semana, que bien puede ser un martes, un jueves o un sábado, según las necesidades de la redacción; contratos de autónomo para que la empresa se ahorre pagar la cotización de un contrato laboral… a lo que hay que sumar una precariedad asfixiante que ha sido santo y seña de la profesión durante décadas, pero que en esta crisis se ha convertido en una amenaza diaria.

Hay opiniones para todos los gustos sobre las razones de que el panorama del periodismo español sea tan desolador. Periodistas veteranos me decían en su momento que el origen de esta situación se remonta a la Transición: cuando la mayoría de los trabajadores se afiliaban a un sindicato y pactaban convenios desde una posición de fuerza, en el periodismo español, por un sentido de la independencia ideológica mal entendido, apenas hubo afiliación sindical, lo que hizo que en la profesión no se sentaran las bases de un convenio laboral que garantizara cierto bienestar dentro del sector. Si durante los últimos años las condiciones laborales en la mayoría de los campos se han visto mermadas respecto a las que disfrutaron nuestros padres, imaginaos una profesión en la que ni siquiera el punto de partida era bueno.

Independientemente de que esa pudiera ser una de las razones de origen, creo que el periodismo sufre situaciones especialmente perversas, como la enorme diferencia salarial entre los periodistas estrellas, que ganan auténticas millonadas, y el resto de su equipo, que subsiste con sueldos mileuristas. También es cierto que hay muchos medios de comunicación que son auténticos zombis mantenidos con vida artificialmente en base a intereses políticos, porque no generan beneficios como para sostenerse por sí solos. Lo hemos visto con Público y lo estamos viendo con Intereconomía, dos casos a nivel nacional pero que son muchísimos más si bajamos a nivel regional y provincial. Pero no nos engañemos, incluso en medios claramente rentables, que se dan golpes de pecho por sus excelentes cifras en cada oleada del EGM, las condiciones laborales de los que trabajan en ellos son paupérrimas comparadas con las de profesionales liberales de otros campos con similar cualificación y experiencia.

Y lo que os voy a decir ahora quizás suene a tópico, pero España está llena de excelentes periodistas, profesionales que se han formado y han empezado a trabajar con auténtica pasión, pero a la que las nefastas condiciones laborales, los salarios irrisorios o la imposibilidad de conciliar su vida laboral con la personal les está comiendo la vocación poco a poco. La calidad de una democracia también se mide por la situación de la profesión que mejor representa la libertad de expresión y el derecho a la información, lo que debería llevarnos a pensar, cuando nos quejamos de la calidad de la prensa española, que quizás tenemos el periodismo que nos merecemos.

Los Vengadores (Joss Whedon, 2012)

Según acumulas años resulta más complicado que las cosas te ilusionen o te sorprendan, pierdes la capacidad de fascinación que tenías durante la infancia y la adolescencia. Así que, cada vez que veía una película de Marvel en el cine, me asaltaba la misma idea: “si hubiera visto esto con quince años, hubiera alucinado”; pero lo cierto es que, salvo honrosas excepciones (como el Iron Man de Jon Favreau o los X-Men de Bryan Singer), las producciones de la Casa de las Ideas siempre me han dejado más bien frío. Es por eso que siempre tendré que agradecerle a Joss Whedon que me haya hecho sentir en el cine como si regresara a los quince años, porque he disfrutado de Los Vengadores sin paliativos, me he divertido como hacía tiempo que no me divertía en el cine.

Whedon tiene una reputación bien ganada entre la comunidad comiquera gracias a producciones televisivas como Buffy o la muy de culto Firefly, y a su etapa como guionista de Astonishing X-Men, probablemente la mejor colección mutante en muchos años. Con estos antecedentes, no eran pocos los que tenían puestas sus esperanzas en este realizador para que, por fin, pudiéramos ver una película de Marvel que no sólo funcionara en taquilla, sino que también ofreciera unas cuotas de calidad similares a las que DC Entertainment estaba logrando con el Batman de Chirs Nolan. Vaya por delante que yo no me contaba entre ellos; después de fiascos como Thor y Capitán América, o del bajón que supuso Iron Man 2 respecto a la magnífica primera parte, no esperaba nada bueno de Los Vengadores. ¡Cuánto me equivocaba! Quizás la película de Whedon no sea un ejercicio de estilo como el Dark Knight de Nolan, quizás tenga un argumento mucho más simple y carezca de un malo tan absolutamente memorable como el Joker de Heath Ledger, pero en cuanto a divertimento puro, Los Vengadores es imbatible. Si os aburrís viendo esta película, tenéis un problema.

El argumento nos cuenta cómo el dios asgardiano Loki roba un artefacto de poder, el tan traído Cubo Cósmico de Hydra, para abrir un portal entre la Tierra y el otro extremo del universo; dicho portal debe franquear el paso a un ejército de pesadilla capaz de someter sin apenas esfuerzo a la débil raza humana. Ante esta amenaza incontestable con armas convencionales, Nick Furia, director de SHIELD, decide acudir a un plan desesperado: “la Iniciativa Vengadores”, que congregará a un extraño grupo de hombres que debe servir como fuerza de choque ante la guerra que está por llegar.

Huelga decir que el argumento de Los Vengadores es lo de menos, no es más que la excusa para desplegar un guión muy bien escrito y planificado al detalle, de modo que todos los personajes, todas las escenas de acción y todos los gags funcionan de manera sorprendente. Joss Whedon da una lección de cine a todos los realizadores de blockbusters que nos han estragado durante la última década con hueca pirotecnia, personajes planos y gags bochornosos que movían más a la vergüenza ajena que a la risa. Y la clave es el guión. Se lo volveré a repetir a los señores de Hollywood: el GUIÓN. Ninguna película, ni siquiera un blockbuster palomitero, funciona sólo a base de explosiones y millones en CGI. Los buenos guiones no son sólo para el thriller policíaco y el drama, también son imprescindibles en el cine de acción y en la comedia. Lo sabe Tarantino, lo sabe Nolan, y vaya que si lo sabe Whedon, único firmante del guión de Los Vengadores, que funciona como un reloj en cada una de sus escenas de acción, bien escritas y rodadas, y en cada uno de sus diálogos cómicos, siempre divertidos, siempre afilados e ingeniosos.

Y es que Los Vengadores es, además, una gran comedia, de las más divertidas que he visto en mucho tiempo, lo que termina por ser otro gran acierto del director, que opta por desmitificar a los mitos, consciente de que Thor, Iron Man o El Capitán América carecen de la vis dramática de personajes como Batman. Para que funcionara, Los Vengadores debía ser una película irreverente, capaz de burlarse de sí misma, y Whedon logra darle el tono justo entre la comedia y la épica.

The Ultimates, de Mark Millar y Bryan Hitch

En este sentido, estos Vengadores son muy deudores de los Ultimates de Mark Millar, la reinterpretación del grupo superheroico que el autor escocés realizó la pasada década. Millar despojó a estos personajes de su impostada solemnidad y les dio el carácter gamberro de una banda de rock, los convirtió en un equipo formado por egos explosivos en constante choque, capaces de trabajar en conjunto sólo cuando las circunstancias se tornan desesperadas. Joss Whedon decide apropiarse con descaro de esta modernización de Los Vengadores concebida por Millar en su mejor momento creativo. El resultado es inmejorable, pues Whedon logra que el carácter de cada uno de los protagonistas sea más reconocible incluso que en sus respectivas películas. Especialmente dignos de mención son los casos de Hulk o Viuda Negra, que en esta película funcionan sorprendentemente bien, cuando hasta ahora habían resultado más bien pobres en sus versiones cinematográficas.

A este respecto, no me puedo cansar de destacar cómo Robert Downey Jr. se ha apropiado por completo del personaje de Tony Stark. Ya lo hizo en Iron Man y vuelve a hacerlo en Los Vengadores, donde se bebe todas las escenas en las que aparece, hasta el punto de que su playboy desvergonzado, cínico y encantador me resulta la mejor interpretación que he visto en cine de un superhéroe (sí, mejor que el Batman de Christian Bale). Y mientras lo ves en pantalla, uno no puede quitarse la sensación de que esta mímesis se debe, en gran medida, a que el propio Robert Downey Jr. debe tener mucho del personaje que construye.

En conclusión, Los Vengadores es, junto con Dark Knight, la mejor película de superhéroes que ha llegado al cine. Más divertida que esta última, pero menos compleja y sin las aspiraciones artísticas que posee el Batman de Chris Nolan. De cualquier modo, el film resulta una delicia para los aificionados al noveno arte que hemos crecido con estos personajes, y un blockbuster tremendamente divertido para aquellos espectadores a los que sólo les suenan de verlos en camisetas y alguna que otra portada. Los Vengadores demuestra que el cine de superhéroes puede funcionar si se pone en manos de directores/autores que conozcan bien el potencial (cómico, dramático y simbólico) de los personajes que manejan, y se les da un total control sobre el proyecto, desde el guión hasta la dirección. Por cierto, hay sorpresa después de los dos primeros minutos de los créditos finales, una sorpresa que valorarán especialmente los aficionados marvelitas más veteranos (y no, no es un skrull, como se está diciendo por ahí). De verdad, no os la perdáis. 8

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La cultura del entretenimiento

El otro día leía en El País una entrevista a Vargas-Llosa a raíz de un ensayo que acaba de publicar el autor: La Civilización del Espectáculo. Se queja Vargas-Llosa de que la cultura del entretenimiento lo ha devorado todo, ha arrasado con el concepto tradicional de cultura y lo ha reducido a lo espectacular, a lo inmediato, a lo fácil de digerir. Aunque estoy de acuerdo con mucho de lo que dice en el transcurso de la (muy larga) entrevista, creo que Vargas-Llosa erra el tiro en lo esencial. Y no es que pretenda venir yo a enmendarle la plana a un premio Nobel… o sí ¿por qué no?… pero a lo que me refería es a lo siguiente: ¿no es la cultura del entretenimiento, simple y llanamente, la cultura de nuestros días, la cultura que genera nuestra sociedad? ¿No es arremeter contra ella de manera genérica síntoma de… no sé… elitismo?

Igual que en los siglos pasados la cultura prosperaba al auspicio de los ricos y poderosos, dependiente de los gustos de una minoría, la cultura hoy día debe responder ante otros criterios. Ahora los mecenas son el gran público, un público heterogéneo y con un nivel educativo medio; nosotros somos los que decidimos quién merece la pena ganarse la vida a través del arte y la cultura y quién no. Y es un espectro tan amplio que incluso las propuestas más minoritarias, si encuentran su público, pueden pervivir.

Es cierto lo que dice Vargas-Llosa respecto al marketing y la publicidad: tienen un peso desmedido frente a los auténticos valores artísticos, pero es una influencia inmediata y poco duradera. Lo que conforma nuestro bagaje cultural no son las películas, libros o  grupos musicales en los que la industria más ha invertido, sino los que verdaderamente han merecido trascender. ¿Podemos decir que los Beatles, Stephen King, The Wire o el cine de Chris Nolan son productos culturales de menor valor que los producidos siglos atrás? Ni de coña. La cultura del entretenimiento produce verdadero arte, uno distinto quizás, más rodeado de ruido que nunca, pero eso no significa que no esté ahí, sólo que debemos estar más atentos para discernirlo de la basura que produce el sistema. Se queja Vargas-Llosa en la entrevista de que quedó sobrecogido hace unos años al visitar la Bienal de Venecia y descubrir que allí había más fraude que arte. Quizás el problema sea ese: pretender toparse con la cultura en la Bienal de Venecia.

IMÁGENES: Banksy

Cuando la crítica se hace haiku

Mi crítico de cine favorito es el que escribe en El País las brevísimas reseñas de las películas que ese día se emiten por televisión. Son cuatro o cinco reseñas diarias, colocadas junto a la página de la programación televisiva, e imagino que las debe tener archivadas en alguna carpeta del disco duro de su ordenador, prestas para publicarse según el capricho de los contraprogramadores televisivos, que tanto maltratan al cine. Pero es alguien que se toma muy en serio su trabajo: sus reseñas son certeras y concisas, la crítica cinematográfica hecha haiku merced al imperativo de la maqueta del periódico.

Y precisamente eso es lo que, para mí, las hace tan brillantes. Sin el espacio del que gozan los críticos superstar, como Jordi Costa en Fotogramas o Boyero en el mismo periódico (por citar dos de los más vacuos), este reseñador anónimo no puede permitirse el lujo de escribir párrafos y párrafos de recargada y hueca retórica, debe ir al grano: breve sinopsis de la película y unas líneas para decirnos si es buena o mala. Y lo hace con un talento que, mucho me temo, pasa desapercibido para los cinéfilos que tan sólo buscan las críticas alojadas en las páginas de cultura, pasando por alto estas cápsulas de sabiduría que se esconden en la prosaica página de televisión.

Cuando mi padre traía a casa El País (edición impresa, lamentablemente en la web no encontramos estas reseñas), yo lo primero que hacía era leer estas breves reseñas. Y las leía con mayor avidez cuando encontraba alguna acompañada de un punto negro (la valoración más baja), pues sabía que en esos casos nuestro crítico anónimo destruía la película con la precisión de un bisturí; la desmontaba sin necesidad de líneas y líneas de sesuda y farragosa prosa, sino que, para mi deleite cómplice, despachaba a la película con unas breves líneas cargadas de cinismo ácido y venenoso. Aniquilaba cualquier intención de ver dicho film con la eficacia y discreción de un asesino ninja. Al ser tan breve, era como si ni siquiera se hubiera molestado mucho, como si la peli no mereciera mayor esfuerzo.

La próxima vez que El País caiga en vuestras manos hacedme caso y buscad las reseñas de la sección de TV (ya sabéis, sobre todo las que llevan un punto negro), y leeréis a uno de los mejores críticos cinematográficos que podéis encontrar. SI lo convertís en hábito, llegará el momento en que cuando leáis una crítica en la prensa especializada os digáis: “sí, muy bien, ¿pero qué diría el tío de El País de esta película?”.