¡Colaboración con Giant Magazine!

Portada del segundo número de Giant.

¡Uff! Quince días sin escribir nada. Perdón, pero mis múltiples ocupaciones hacen que al día le falten horas y a la semana días. Ya os iré contando los diferentes embolaos en los que estoy metido, pero hoy os presento sólo uno de ellos: Giant Magazine, una revista online que un equipo de periodistas sevillanos ha decidido sacar adelante con esfuerzo, talento y, por qué no decirlo, un poco de apoyo. ¡Y con valentía! Porque con la que está cayendo hay que tener valor para embarcarse en una aventura de este tipo. ¿O, precisamente por eso, la única opción son aventuras de este tipo? No sé, no lo tengo claro aún.

El caso es que cuando eché un vistazo al nº 0 de Giant me quedé alucinado, en primer lugar, con su excelente diseño y maquetación, mejor que el de muchas revistas ya consolidadas, y en segundo lugar, con lo ambicioso de sus contenidos (“Videojuegos-Cine-Literatura-Series-Música” dice en su subtítulo), escritos además con buen estilo y conocimiento de causa. Y para colmo, ¡todo gratis! Sólo hay que entrar y leerlo.

Tanto me moló que me dije, “¿podría formar parte de esto de alguna manera?”. Dicho y hecho: me puse en contacto con Mninha (bloguera cañera y polifacética) y ella me puso al teléfono (léase “al email”) con la gente de Giant. Así que en las páginas 54  y 56 del número de noviembre tenéis mi primera colaboración con esta gente: un reportaje sobre el 75 aniversario de DC Comics. ¡Pero no vayáis directamente a esas páginas! Hojead toda la revista, que seguro que os encanta, y dadla a conocer entre vuestros amigos, que esta gente se alimenta a base de clicks de ratón.

Ya me contaréis ;-)

“……. por el mundo”

Y en los puntos suspensivos podéis poner el gentilicio que queráis: Españoles por el Mundo, Andaluces por el Mundo, Madrileños por el Mundo, etc… Me refiero a ese nuevo formato de reality show que se ha vuelto tan popular en los últimos años, hasta el punto de que cada canal de TV regional tiene su propia versión con paisanos que han decidido emigrar.

Cuando veo estos reportajes varias cosas se me vienen a la cabeza. La primera: qué suerte tienen los periodistas que se encargan de realizarlos, que viajan y conocen mundo y no sólo les sale gratis, sino que encima les pagan por ello. ¡Bien por vosotros!

Lo segundo: no sé cuán edulcorada será la fórmula de estos programas. Es decir, ¿sólo salen los emigrantes españoles a los que las cosas les van bien, o es que todo el mundo es tan feliz cuando emigra? Supongo que se hará una criba previa (o posterior) a la grabación del testimonio, y que los amargados y resentidos no saldrán. De lo contrario, los españoles emigramos ahora de manera muy distinta a como lo hacían nuestro abuelos.

Lo tercero que se me viene a la cabeza: si todavía hubiera NODO y censura, estos programas no existirían en España, porque viéndolos se le queda a uno una cara de tonto que no puede con ella.

No lo digo porque vaya a idealizar lo extranjero y desdeñar lo nuestro (deporte nacional que ya cae en desuso), sino porque en estos programas a cada momento sale un chaval joven, licenciado, con formación e incluso experiencia, que aquí se veía obligado a trabajar de camarero, albañil o instalador de antenas, o si tenía la suerte de trabajabar en su campo, lo hacía por un sueldo que apenas superaba los 1.000 euros. Y te salen diciendo “me vine aquí y a los pocos meses ya tenía un empleo de (ingeniero/médico/economista/profesor de español) en el que ganaba 3.500 euros mensuales desde el principio”. Y tu ahí, en tu sofá con la consecuente cara de tonto. Lo dicho, estos programas no son una buena propaganda del régimen.

En España hay, más o menos, 4,5 millones de parados. Una barbaridad consecuencia de una crisis global que a nosotros nos ha pegado especialmente duro, ya que durante años nos hemos creído los reyes del mambo montados en la ola del boom inmobiliario, la cual, como toda actividad sustentada básicamente en la especulación, no tenía mucho futuro. Pero incluso antes de la crisis, incluso ahora con millones de parados enviando CVs por Infojobs, convendría echar un vistazo a las condiciones laborales de los millones que sí trabajan. No son precisamente buenas. Sobre todo para los trabajadores cualificados. ¿Paradójico? No tanto: cuando trabajas en la industria o en la construcción, respaldado por una federación sindical con miles de afiliados, ponen a diez de patitas en la calle y tenemos el lío montado. Cuando trabajas en un medio de comunicación o en un despacho de abogados, se despiden a 25 y nadie dice esta boca es mía.

Aquí ser trabajador cualificado, con estudios, incluso masters, es patente de corso para que las empresas te exploten. El discurso implícito es “hay tan poco trabajo en tu campo, que debes sentirte afortunado de tener uno, ¿no pretenderás encima cobrar bien y tener un horario decente?”. Eso ha hecho que durante años en este país se dé la situación de que un escayolista, fontanero o empleado de unos astilleros cobre casi el doble que alguien con titulación universitaria desarrollando una profesión liberal. Con todos mis respetos para los oficios antes mencionados, pero oigan, es que no es normal.

Hace poco, una amiga a la que el destino y decisiones personales ha llevado a vivir en otro país me decía: “el problema de España no es ya el escaso número de puestos cualificados que genera el mercado de trabajo, sino que cuando accedes a ellos, te encuentras con unas condiciones de mierda y aguantando a unos jefes que, en su mayoría, son unos ceporros que intentan quedar por encima tuya a base de machacarte”.  Pensando así es lógico que decidiera marcharse, lo que no sé es por qué no nos marchamos todos.

Y hasta aquí la reflexión optimista del día. ¡Qué felices eran los veranos cuando sólo echaban el Grand Prix y podías ver la tele sin tener que forzar la sinapsis neuronal! Ahora, sin embargo, con tanto programa de emigrantes felices, gente que vive en casas de lujo y hoteles donde sólo se pueden alojar los millonarios, es encender la tele y sentir un malestar que te empuja a divagar sobre qué estás haciendo con tu vida. Si creíamos que con ser campeones del mundo, el sol y la playa éramos felices… ¿por qué insisten en sacarnos de nuestra ignorancia?

Temporada final de Perdidos: el hito de la TV moderna llega a su conclusión

Hoy se estrena en USA la temporada final de Perdidos (Lost), el broche final de una serie que ha revolucionado los parámetros de la ficción televisiva; una producción que, guste o no, ha supuesto un hito como pocos en la historia del medio.


¿Es Lost tan buena como dicen? Sin duda lo es, porque más allá de su adictiva trama y de su impecable uso del cliffhanger (ese final de capítulo abrupto que nos deja impacientes por ver el siguiente), más allá de sus poderosos personajes, la creación de J.J. Abrams y Damon Lindelof logra reescribir a lo largo de sus cinco años en antena las reglas del juego, la manera en que se debe hacer televisión.

Y es que Perdidos ha roto con muchas de las leyes no escritas del medio: los arcos argumentales no duran un capítulo, como es habitual en la ficción televisiva, ni siquiera una temporada, sino que se han mantenido a lo largo de seis años; adiós también a la continuidad temporal, con constantes saltos en el relato que hace un uso masivo del flashback y el flashforward; y adiós a la tiranía del estudio, que dictaba que una producción debía alargarse si era rentable: en Lost el desarrollo y el final de la serie han estado planeados al milímetro desde el principio, y durante los últimos cinco años hemos asistido a cómo la trama se hilvanaba poco a poco, como piezas de un puzzle que van cayendo y encajando, formando un cuadro que paulatinamente vamos comprendiendo mejor a medida que tenemos nuevas piezas que colocar en el tablero.

A ello debe sumarse el tan comentado uso de Internet como elemento de difusión de la serie y potente herramienta de comunicación entre sus creadores y los fans de la misma. Fans que han sabido organizarse a través de la Red para presionar y mantenerla en antena incluso cuando las audiencias eran pobres; algo que sucedió principalmente en los comienzos de la primera temporada, cuando la cadena ABC decidió echar al productor después de gastarse 13 millones de dólares en el aparatoso episodio piloto, sin que se supiera muy bien a dónde iba a parar todo aquello.

Ciertamente, Perdidos introduce muchos elementos novedosos en la ficción televisiva, pero personalmente creo que lo más importante de esta serie es que presupone que sus espectadores son gente inteligente. Perdidos rompe con la gran regla no escrita de la televisión, que dicta que al espectador se le debe dar un producto ligero que asimile con facilidad, y plantea una historia y un desarrollo que suponen todo un reto para su público. Abrams y Damon nos dicen “el camino va a ser largo y difícil, a menudo os sentiréis perdidos, pero os prometemos que llevaremos esto a buen puerto y que os lo pasaréis bien durante el trayecto, pero tenéis que poner de vuestra parte”.

Personalmente, esta es la televisión que llevaba esperando toda mi vida, la que me trate como una persona inteligente; la que, al igual que un buen libro, me rete a pensar y reflexionar, a intentar anticiparme al autor; la que me deje clavado en el sofá asimilando lo que he visto. Esa es la propuesta de Perdidos, la propuesta de otra televisión que está ahí: la propuesta de Urgencias, de The Wire, de House, de Los Sopranos, de Entourage y de Battlestar Galactica, de Dexter y de Mad Men. Otra televisión de la que Perdidos es su exponente más popular, pero (¡gracias a dios!) no el único.

Os dejo con esta fantástica infografía, titulada “Una isla perdida en el tiempo”, realizada por el diario Público para su reportaje con motivo de esta sexta temporada.

Avatar y la decadencia de la Ciencia Ficción

Como llego tarde para reseñar Avatar (otros ya se me han adelantado), aprovecho la crítica de lo último de James Cameron para hacer una breve reflexión sobre la situación en que se encuentra la ciencia ficción, uno de mis géneros literarios-cinematográficos preferidos. Y es que desde hace años vengo quejándome del progresivo declive de este género en el cine, ¿la razón? Pues yo se lo achaco a la llegada de los efectos especiales digitales. Lo que podría haber sido una poderosa herramienta para revolucionar el género se ha convertido en un auténtico lastre; pocos son los directores que saben utilizar la tecnología digital con mesura, utilizando los FXs en la dosis justa y en los momentos donde aportan algo a la narración. Desde que Spielberg abrió la veda con Parque Jurásico (1993), más y más directores han dejado el grueso de sus producciones en manos de los laboratorios de efectos especiales, embelesados por la belleza de esos planos generados con ceros y unos, e ignorando el verdadero corazón de toda buena película (sea cual sea su género): el guión.


Hace más de 15 años que esta tecnología irrumpió en la industria, y desde entonces han sido pocas las películas del género que han sabido utilizar las CGIs (computer generated imagery) con inteligencia. A priori se me ocurren muy pocas: Minority Report, Matrix, últimamente la revisión de Star Trek… La mayoría de las grandes producciones han quedado aplastadas por un claro predominio del componente tecnológico sobre el cinematográfico, y Avatar me parece el último y máximo exponente de este virus.

Tras visionar el megalómano proyecto de Cameron, la película más cara y con una producción más larga de la historia, no puedo decir que me viera decepcionado, por el mero hecho de que me veía venir algo así. Cameron, como tantos otros directores del género (y sí, me refiero a George Lucas) cae víctima de su tecnofilia y vuelca todos sus esfuerzos en ofrecernos un espectáculo visual sin parangón, pero se olvida de contarnos una historia que merezca la pena. Avatar es un aparatoso juguete que difícilmente pasará desapercibido en la tienda, pero que una vez te lo llevas a casa te aburres a los pocos minutos de jugar con él. En seguida te das cuenta de que está vacío, sin corazón: un argumento que concatena cliché tras cliché, personajes planos que se comportan justo como esperamos de ellos, mínimo riesgo en su discurso, en su mensaje, ningún esfuerzo por hacer pensar al espectador, carente de contenido, todo confiado a que la espectacularidad del continente nos deslumbre y no nos permita ver que, tras toda la parafernalia, no hay nada.

Para mí sigue siendo un misterio cómo en estas megaproducciones no se cuida lo más barato de las mismas: la historia, el relato, el guión. Creo que la SciFi (como la llaman los anglosajones) agoniza, y la razón es que la nueva tecnología digital permite al director mostrarlo todo, no hay límites, no hay cortapisas técnicas ni de presupuesto, por lo que todo se fía al espectáculo. Ya no existe la necesidad de soslayar, de dar a entender, de crear tensión psicológica con lo que está fuera de campo… todo eso desaparece de un plumazo, y lo que antes era erotismo narrativo se convierte en pornografía visual. No más Alien el Octavo Pasajero, con ese polizón alienígena que apenas se vislumbra durante segundos en el metraje de la película, no más Blade Runner, con planos oscuros y lluviosos y una historia de cine negro para esconder la falta de presupuesto, no más Star Wars, con su maravillosa mitología y trasfondo argumental, con sus efectos especiales de serie B sublimados por el ingenio y la pasión de un director sin recursos… Ahora en la ciencia ficción todo será Independence Day, Terminator 4 y Avatar.

Battlestar Galactica 2003: Una nueva esperanza

Tampoco quiero ser apocalíptico, antes he mencionado Matrix y Minority Report, y supongo que habrá más directores amantes del género que sabrán subvertir esta situación. De cualquier modo, la decadencia de los guiones de Hollywood es una realidad desde hace años, y en todos los géneros, no sólo en la ciencia ficción. ¿Dónde refugiarnos? Donde venimos haciéndolo en los últimos años: en la TV. Y es que la mejor historia de ciencia ficción de la última década es una serie y se llama Battlestar Galactica, remake de la emitida en nuestros televisores durante los 80.


Con nada que ver con la serie original, salvo el planteamiento inicial y el nombre de los enemigos, Galactica 2003 (o “Galáctica Reimaginada”, como la llaman por Internet) es un canto de amor y una celebración del género: una historia elaborada, cuidada al detalle, sólida en su planteamiento, absolutamente atópica en su desarrollo, con unos personajes carismáticos y contradictorios, que escapan a cualquier encasillamiento y que habitan en un mundo de incertidumbres y decisiones difíciles, donde nada está claro, donde lo correcto e incorrecto se funden en una compleja escala de grises, donde la convivencia entre la religión, la política y el poder militar en un estado de excepción es abordada con una complejidad que pasma. Todo eso nos ofrece Galactica. Acompañar a la flota colonial en su viaje al exilio, trasladando a los últimos 4.000 supervivientes de la raza humana con la única protección de la ‘estrella de combate’ Galactica, bajo el mando del almirante Bill Adama y de la presidenta Laura Roslin. Ese viaje sí que es toda una experiencia donde los efectos especiales son lo de menos.